Era el invierno del 51' y acababa de dejar de llover. La humedad del aire se posaba entre mis dedos y temblaba. Sería la última vez que vería aquél lugar, tan habitado y tan desierto a la vez...tan lleno de vida y tan gris a la vez... Sería la última vez que respiraría ese aire dulce, pero dulce casi dulzón, casi sólidamente chocante. Era la gran cantidad de rosas que había más allá, y que estaban tan juntas entre ellas que el rocío no caía por estar en el espacio entre los pétalos de las flores.
En el segundo antes de que mis piernas intentaran estirarse para pararme del asiento de aquella desolada plaza, vi cómo dos ancianos entraban al lugar, tomados del brazo de una forma tal que se afirmaban el uno con el otro para no caer en el piso adoquinado y resbaladizo. Sus caras eran blancas, pero sus ojos brillantes y relajados. Hablaban y reían, y caminaban a paso lento, sin el apuro de llegar jamás a un lugar. Nunca vi nada parecido. Mis manos se separaron y se movieron como siguiendo el movimiento de aquéllos ancianos, que se sentaron y miraron en dirección a las rosas, que para ellos parecía tener otro aroma. El hombre tomó la mano de su mujer, se inclinó lentamente con un cierto dejo de temblor y la besó. Ella sonrío como si hubiera tenido 15... y tomó la cara del hombre sentado a su lado, como queriendo decirle algo sin palabras. Esa sensación de querer sentir la tibieza de aquella mano me conmovió a tal punto que di unos pasos temblorosos en dirección a ellos, pero sin avanzar siquiera 5 centímetros. Luego el hombre sacó tiernamente la mano de la mujer de su rostro y puso en ella una caja pequeña pero relativamente larga. Ésta lo miró asombrada, y sin reír abrió la cajita. Después de 3 segundos, o 2, ella sacó una pequeña muñeca. Era de trapo, de piel blanca pero raída, y su pelo era de lana amarilla. Los ojos eran botoncitos de madera, y tenia un vestido de un particular color azulino. La mujer la sostuvo por un momento y luego fijó su vista en el hombre. Cuando seguí su mirada y llegué a los ojos del anciano mi corazón se estremeció y no pude reprimir un sollozo de culpabilidad, por estar violando la profundidad de aquellos ojos celestes. En ellos vi la combinación de niñez y vejez, de picardía llena de nostalgia de tiempos mejores, en donde ambos habían soñado con ponerle un nombre a aquella muñeca, que tanto tiempo pasó perdida. Hasta ahora. La vida que podía llegar a tener una piel tan gastada y triste, el amor real que se guardaba en esos corazones viejos pero que por alguna razón yo podía ver... podía ver todo esto, sin dificultad alguna, sin esa dificultad que se tiene para ver el propio corazón... Los corazones de estos viejos hablaban a través de una caja, de sus manos tomadas, y del color rosa pálido del rostro de la mujer.
Di la vuelta justo en el instante en que vi el color de sus mejillas y comencé a caminar... trotar... correr... ¿cómo era posible que hace 30 minutos quisiera acabar con mi vida? ¿cómo el alma de un hombre pudo estar tan ciega como la mía? Lo que vi hacía un rato bastaba para darme cuenta de lo equivocado que estaba.
Nada más faltó.
Mientras apaciguaba mi andar pensé en el color del vestido que tendria la muñeca de mi caja...






